Sylvia Plath (Boston, 27.10.1932 – Londres, 11.2.1963) es, en el mundo anglosajón, mucho más que una gran poetisa o una escritora muy admirada, de las que más en el siglo XX. También es un icono feminista, una suicida diseccionada más allá del buen gusto por toda clase de pseudo psicólogos, una prodigiosa generadora de ingresos (45 años después de muerta consigue unas cifras de ventas que ya quisieran muchas autoras consagradas, y vivas) y una inagotable fuente de inspiración para cantidad de biógrafas (no tiene biógrafos, que yo sepa). En el mundo de habla española, sin embargo, es una virtual desconocida. Existe sólo para una minoría caracterizada no ya por leer habitualmente en inglés, sino por mantenerse más o menos cerca del mundo cultural de habla inglesa. Esto se ha podido constatar hace poco, gracias a una excelente película sobre sus últimos años, interpretada por Gwyneth Paltrow (a mi juicio componía una Sylvia muy creíble) y que ahí, en España, pasó poco menos que desapercibida, mientras en el Reino Unido y en los Estados Unidos cubrió muy decorosamente sus objetivos comerciales.
De todos modos, y gracias a esta película, hoy resulta un poquito más familiar. Si se hace una encuesta entre los que la han visto (y entre los que han alquilado el DVD), casi todos serían capaces de decir que hizo el equivalente a Filología Inglesa en una universidad americana, que cursó un posgrado en Cambridge, que allí conoció a un poeta inglés, que se casó con él, que tuvo dos hijos, que al poeta se lo ligó una golfa, que a su debido tiempo la plantó (a Sylvia) y que la pobre, incapaz de superar tamaña tragedia, ser abandonada por el objeto de su amor, se suicidó.
Pues no.
Los que la conocieron parecen estar de acuerdo en que Sylvia Plath fue una mujer extraordinariamente complicada, de trato muy difícil, inteligente como pocas pero incapaz de servirse de su fenomenal IQ para entenderse con la gente. Para entenderse, sobre todo, con los que pensaban algo más despacio pero desde unas posiciones intelectuales más establecidas, más fundadas en la experiencia y menos en el razonamiento abstracto. Casi todos los que la estudian (somos multitud) sostienen que su inadecuación para entenderse con los humanos vulgares viene de su niñez, de la enorme pérdida que supuso para ella quedarse huérfana con apenas ocho años. Yo, en esto, discreparía un poquito. No discuto lo más o menos estrechamente que Sylvia pudiera estar vinculada a su padre, pero pienso que su ambiente familiar, bastante inusual para la sociedad de su niñez, le llevó, ya desde muy jovencita, a verse cuadrada en un mundo redondo.
Su padre era un emigrante prusiano, educado a la prusiana por sus padres prusianos. Su madre, lo mismo pero en austriaco. Los principios de rigidez, firmeza, el trabajo es lo que nos distingue de las bestias y la disciplina por encima de todo, apenas atemperados por la eterna duda de la cultura austriaca (o de la educación austriaca, mejor), impartidos en una casa donde los padres hablaban alemán entre ellos y en imperfecto inglés con Sylvia y con su hermano menor, debían chocar bastante con la cultura wasp (white-anglosaxon-protestant) del área universitaria de Boston, donde el padre se ganaba la vida como profesor. Sylvia nació en 1932. A sus nueve años, recién huérfana, su país entra en guerra con sus ancestros. A los prusianos, en esos tiempos, no se les veía con excesiva simpatía en el área metropolitana de Boston, y de ahí los esfuerzos de Amelia Plath en americanizar su pequeña familia del modo más expeditivo posible. En el caso de Sylvia lo consiguió sólo aparentemente. Lo que Sylvia nos ha dejado, su obra, lo demuestra.
La obra de Sylvia, mucho más abundante de lo que se piensa, consta de cinco partes: sus poemarios, su novela, sus innumerables cuentos-relatos, sus cartas y sus diarios. También, sus dibujos, que a menudo pasan desapercibidos y es una pena, pues fue una 'sketcher' maravillosa. La prosa de Sylvia es exquisita. Un tratado de buen inglés, y ya desde sus primeros cuentos, desde ese 'Sunday at the Miltons' que le supuso los primeros dólares literarios y el afianzamiento de su determinación en vivir para escribir, y de escribir. Lógico, si se considera que Sylvia terminó sus cuatro años en el Smith College (una institución que se podría definir como una universidad femenina, sólo para chicas; Massachusetts, entre 1950 y 1954, debía ser bastante irrespirable) con Premio Extraordinario y con una plaza garantizada de profesora titular, cuando regresara de su posgrado en Cambridge.
Si su prosa siempre fue un tratado de buen inglés, en su poesía es donde asoma su herencia prusiana. El inglés de su poesía, perfecto, cultísimo, exquisito, no es 100% inglés. Carece casi por completo de la suavización latina. Es lacónico, seco, increíblemente cortante. Sajón, dicho en una sola palabra. Un tipo de inglés muy apreciado en las multinacionales informáticas: conciso, preciso y si algo se puede transmitir en tres palabras que a nadie se le ocurra decirlo en cuatro. Sus oraciones las construye como si Roma jamás hubiera puesto pie en Gran Bretaña. El inglés sajón, ese que a igualdad de contenido ocupa entre un 50 y un 60% del inglés común (para decir lo mismo), es el inglés de Ariel y de The Colossus, los dos poemarios de Sylvia Plath. Es, apostaría cualquier cosa, el inglés de su padre. El inglés de los prusianos que deciden aprender inglés. Un inglés muy difícilmente traducible. A eso se debe que Sylvia sea tan escasamente popular en nuestra cultura. Los poetas que hablan en inglés completo se dejan traducir bien (ejemplo: Yeats), pero Ariel (sobre todo) es intraducible. Imposible conservar el ritmo diabólico de Sylvia en una lengua que necesita de dos a tres fonemas por cada uno de los suyos. Ejemplo:
... her bare feet seems to be saying:
we have come so far, it's over...
¿Lo reconocéis? Es Edge, el asombroso, divino Edge. Lo último que firmó. Quince fonemas. En español sería
... sus pies desnudos parecen decir:
hemos ido demasiado lejos, esto ha terminado...
Veintisiete fonemas, si es que todavía sé contar sílabas poéticas. Nada que ver, ¿verdad? La traducción es exacta, pero todo se ha perdido: la emoción, el sentimiento, la profundidad, el ritmo. Todo. Se reconocen las palabras, aunque detrás no dejan nada. Se sabe qué pareció decir la poetisa, pero no se percibe qué dijo la mujer casi muerta.
Si la poesía de Sylvia resulta tan arrebatadora no es sólo por sus temas recurrentes, anunciadores de que tarde o temprano realizaría la más vehemente apuesta de marketing al alcance de un poeta (nada como suicidarse para que alguien lea la poesía de una). Lo es, también, por su dureza formal, por su lenguaje, por su voz. Por su voz prusiana, que sólo en la poesía se deja ver, se deja oír. Sylvia Plath nunca dejó de ser, quizá sin saberlo, una prusiana perdida en un mundo británico. Ignoro en qué parte contribuyó ésto a que una mujer como ella, una superdotada bellísima, espectacular, acabara metiendo la cabeza en un horno de gas, aunque intuyo que no poco.
Podría pasarme páginas y páginas largando sobre Sylvia, pero aquí sólo pretendo hablar de lo que menos se comenta sobre ella: la influencia de la cultura prusiana en el desarrollo de su tormentosa personalidad. Si alguien se anima y agarra el testigo, bienvenido sea.
Palo Alto, California, septiembre de 2004
©Anna Wohlgeschaffen